¿Es rentable invertir en RSC? Compruébelo usted mismo.

Desde un punto de vista teórico creo que ya está más que comprobado que sí es rentable invertir en RSC, hay muchísima y muy buena bibliografía al respecto, sin embargo desde un punto de vista práctico, la respuesta no es tan sencilla. En primera instancia hay que diferenciar las empresas de acuerdo a su tamaño y, me animo a decir que también de acuerdo a su actividad/sector y hasta país de actividad.

Sin embargo, y pasando por alto estos matices, quiero contarles sobre el ROI (Return on investments o Rendimiento o retorno sobre la inversión), un ratio financiero-empresarial que compara el beneficio o la utilidad obtenida en relación a una inversión realizada.

Rápidamente, este ratio mide la rentabilidad sobre los activos totales medios o lo que es lo mismo su capacidad para generar valor, permitiendo de esta manera apreciar la capacidad para obtener beneficio del activo total de la empresa y poniendo así en relación el beneficio con el tamaño de su balance.

Ya sabemos que el vínculo entre RSC y competitividad es actualmente objeto de estudio, considerado el punto clave que permitiría demostrar de un modo cuantitativo la incidencia y por tanto relevancia, de la RSC sobre la cuenta de resultados de una empresa. Si bien los estudios realizados hasta el momento no son capaces de cuantificar dicha relación, sí que han identificado el signo de dicha relación siendo esta de signo positivo, aunque por supuesto, se acepta el escepticismo en dicha respuesta, sobre todo, si usted es dueño de una PYME.

Volviendo a nuestro tema, la relación indirecta que existe entre la RSC y la competitividad y la complejidad que requiere la cuantificación de ciertos aspectos, como por ejemplo impactos sociales y ambientales, son dos obstáculos que no permiten obtener claramente el ROI de la RSC. En este sentido, destaco el proyecto europeo CSRIMPACT (www.csr-impact.eu), cuyo objetivo es desarrollar metodologías que permitan medir dicho retorno en términos cuantitativos, en el marco de un proyecto europeo de cuatro años de duración.

Ahora bien, uno podría realizar el siguiente razonamiento, si bien calcular el ROI de una acción de RSC o de la propia RSC, permite identificar la inversión realizada para lo cual no existen grandes dificultades, el problema se presenta a la hora de medir indicadores que no son 100 x 100 cuantificables como por ejemplo la satisfacción de las personas trabajadoras en términos económicos, por lo que el ROI no es un instrumento útil en su totalidad.

En parte puede ser cierto pero en parte, con un poco de ingenio y creatividad, sí que se puede medir el retorno de la inversión en RSC, en el caso que pusimos, una posibilidad sería la de valorar económicamente el absentismo, y por lo tanto obtener un indicador económico de la satisfacción de las personas trabajadoras.

Volviendo a la pregunta inicial, ¿es rentable invertir en RSC? que cada uno lo descubra

 

El caso Goldman Sachs, serenamente indignada.

Acabo de terminar la lectura de un libro que me ha dejado molesta, intranquila. Serenamente indignada, por utilizar la palabra de moda. Antes de nada, les aporto algunos datos sobre el mismo: se titula “el gobierno Goldman Sachs” y ha sido escrito por el periodista francéMarc Roche. En España lo ha publicado la editorial Ediciones Deusto, aunque también se puede encontrar a precios más asequibles navegando por la red.

La firma Goldman Sachs lleva más de 150 años moviendo las finanzas mundiales. En los últimos tiempos, desde el inicio de la crisis en 2007 y su agravamiento definitivo en 2008, con la caída de su principal competidor Leheman Brothers, el nombre de esta empresa de capital riesgo se ha visto asociada a las decisiones más polémicas de los gobiernos occidentales, de los que siguen siendo asesores. Algunos de sus altos ejecutivos han dado el salto a puestos de gran responsabilidad política y económica: presidente de la reserva federal de EEUU, director del BCE, presidentes y ministros de gobiernos europeos, etc. La tesis del libro, y empieza a ser una opinión ampliamente aceptada por la mayoría de analistas, es que la burbuja financiera y su posterior explosión que ha provocado esta recesión, fundamentalmente en Europa, se debe a un comportamiento voraz por parte de los responsables de las sociedades de inversión – GS a la cabeza, y sus altos ejecutivos al frente- que no encontró un freno regulatorio frente a la espiral alcista, inverosímil, que habían adquirido las bolsas occidentales.

Esta empresa, y otras, ganaron enormes cantidades de dinero. También sus directivos, gracias a la suicida política de bonus predominante. Las operaciones financieras tenían su base principalmente en bienes inmobiliarios – mercado esencialmente volátil-. En un momento dado se perdió de vista el sustento real de las operaciones financieras y se inició el inflado de la burbuja. Nadie lo paró hasta que comenzó a haber problemas de liquidez en los bancos y personas que no podían hacer frente a sus hipotecas. Todo el dinero que fluyó de la economía real a la bolsa fue a un agujero negro y lastró la inversión industrial, en infraestructuras, etc. Actividades estas mucho menos rentables que jugar en bolsa.

Me quedo con la sensación de que todos los avances que se han hecho en RSC en estos últimos años no sirven de nada si el sistema tiene una puerta trasera tan grande como esta, por donde se cuelan las peores prácticas, las decisiones más perjudiciales para la sociedad, sin que ningún órgano superior – judicial, político o económico- haya sabido, querido o podido regular esta deriva suicida. Si el presidente de la reserva federal americana resulta que no trabaja para el bien de su país sino para el de su antigua, y posiblemente futura, empresa, ¿qué hacemos?

El resultado ha sido un corte en las líneas de crédito a los verdaderos empresarios y a las familias, unos gastos inmensos por parte de los gobiernos para paliar los efectos de la recesión y rescatar a los bancos y, en definitiva, una recesión descomunal.

Nota: ¿Hacia una cooperación empresarial para el desarrollo?

Las escuelas de negocios y los think tanks empresariales lo han llamado de muchas maneras: “capitalismo creativo”, “globalización inteligente”, “capitalismo consciente”, “desarrollo global 2.0” [1]. Se trata de diferentes nombres con los que, tal y como se recoge en los manuales sobre “innovación social”, consolidar “la visión del mercado como solución, y no sólo como problema”, junto con “la percepción de la empresa como herramienta central de desarrollo, no como agente ajeno y quizás perjudicial” [2]. Y son también distintas formas de referirse a ese renovado esquema de hacer negocios que las grandes corporaciones están diseñando en la actualidad: “Un enfoque con el que los gobiernos, las empresas y las organizaciones sin ánimo de lucro trabajen conjuntamente para extender el alcance de las fuerzas del mercado”, resume Bill Gates [3]. Lo que está en discusión, con todo ello, es el papel central que ha ido adquiriendo el “sector privado” –éste es el eufemismo más empleado en el lenguaje de la cooperación para hacer referencia, sobre todo, a las corporaciones transnacionales– como “agente de desarrollo” en las estrategias de la cooperación internacional. Y es que, según la concepción dominante en estas políticas, tendrán que ser los pilares fundamentales del mercado –empresa, competencia, crédito, riesgo– los que habrán de protagonizar la lucha contra la pobreza. Es la puesta en práctica del modelo que, hace ahora una década, Prahalad caracterizó como “capitalismo inclusivo”: “El compromiso activo de las empresas privadas con la base de la pirámide es un elemento esencial para la creación de un capitalismo incluyente en la medida en que la competencia del sector privado por dicho mercado fomenta la atención hacia los pobres como consumidores y crea opciones para ellos”. Y es también la visión que, en la actualidad, comparten las principales agencias de cooperación y organismos internacionales encargados de configurar la nueva arquitectura global de desarrollo: “Las agencias de asistencia han completado el círculo con su modo de pensar: de la asistencia centrada en grandes proyectos de infraestructura y gasto público en educación y salud, están también pasando a la creencia de que la vinculación con el sector privado es ingrediente esencial en el alivio de la pobreza” [4].

Las grandes empresas, ¿agentes de desarrollo?
“Las empresas forman parte del entorno, son un actor natural de desarrollo. Generan conocimiento técnico, riqueza económica, ocupación… Pero es muy necesario que allá donde actúen, lo hagan sumando sus actividades a las organizaciones que ya estén trabajando en la zona” [5]. Las palabras del director del programa Compromiso y Desarrollo de ONGAWA sirven como ejemplo de la visión que hoy predomina en las organizaciones no gubernamentales de desarrollo, que son el tercer vértice que falta para completar el triángulo del “capitalismo inclusivo”. De este modo, ya no se discute la centralidad de la empresa transnacional como eje fundamental de la actividad económica, puesto que se da por hecho que sirven para el “desarrollo”. Por ello, la mayoría de las propuestas de las ONGD no se orientan hacia el cuestionamiento de los impactos del modelo de desarrollo sino que, por el contrario, se encaminan en la línea de fortalecer las alianzas con el “sector privado”.En realidad, la situación actual es el fruto de una década de trabajo de los lobbies empresariales para conseguir que en la agenda de la cooperación internacional se haya incorporado la idea del “potencial del empresariado al servicio de los pobres” [6]. Así, instituciones como Naciones Unidas, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), al igual que muchas de las agencias de cooperación de los países centrales, han hecho suyo el discurso de los “negocios inclusivos” en “la base de la pirámide”. Y buena parte de las ONGD se han sumado a estos planteamientos.

Lejos quedan ya los debates acerca de la “solidaridad de mercado” y sobre la privatización de la cooperación al desarrollo que se produjeron en las organizaciones no gubernamentales a finales de los años noventa [7]. Ahora, en buena parte del mundo de la cooperación se reclama que hay que dejar atrás “viejos prejuicios” y visiones “demasiado ideologizadas” para poder avanzar hacia una cooperación “moderna”: “Adaptemos la agenda, y aprovechemos la oportunidad para avanzar en temas que son relevantes para el desarrollo e interesan particularmente a los gobiernos conservadores, como el rol del sector privado en el desarrollo”, decía la que exdirectora de campañas de Intermón Oxfam al día siguiente de la victoria del Partido Popular en las elecciones generales de 2011 [8]. Es, en fin, una adaptación pragmática a los profundos cambios que se están dando en un sector, el de la cooperación para el desarrollo, que ya nunca volverá a ser el mismo.

Poco parece importar, en esas instancias, el trabajo que se ha venido llevando a cabo desde ciertos sectores de la academia, los centros de estudios y las organizaciones no gubernamentales para documentar las “promesas incumplidas” de las reformas neoliberales y el fracaso de un modelo de desarrollo que a quien realmente ha beneficiado ha sido a los directivos y accionistas de las grandes empresas, sin olvidar a todos esos políticos y empresarios que han atravesado una y otra vez las “puertas giratorias” que interconectan el sector público y el privado. En el caso de las multinacionales españolas, por ejemplo, las investigaciones que han venido realizando distintos observatorios, ONGD y redes de solidaridad [9] han servido para documentar decenas de casos que cuestionan las bondades de esta “vía empresarial hacia el desarrollo” y que son, según el Tribunal Permanente de los Pueblos, “la expresión (a través de un espectro muy amplio de violaciones, de responsabilidades, de imputabilidades) de una situación caracterizada por la sistematicidad de las prácticas que prueban el papel tanto de las transnacionales europeas como de la Unión Europea y de los Estados de América Latina” [10].

“Lamentablemente, estas instituciones y sus publicaciones no hacen análisis integrales de la contribución de estas empresas al desarrollo económico de los países, se limitan a puntualizar las faltas, algunas exageradas, sin mencionar los aspectos positivos”, argumenta por su parte uno de los mayores expertos oficiales en Responsabilidad Social Corporativa [11]. Así, las que han demostrado ser “prácticas sistemáticas” de las grandes corporaciones se convierten, una vez que han pasado por el tamiz de la RSC, en aislados ejemplos de “malas prácticas” de sólo algunas empresas. En el mismo sentido, diversas instituciones académicas y empresariales están haciendo esfuerzos para demostrar “científicamente” la contribución positiva de la inversión extranjera directa, los “negocios inclusivos”, la cooperación financiera y las alianzas público-privadas para el logro de los “objetivos de desarrollo”: “Existen sinergias entre los objetivos comerciales y de desarrollo, en el entendimiento de que la apertura de nuevos mercados y posibilidades de negocio es compatible con la expansión de las oportunidades de los colectivos en situación de pobreza y la provisión de beneficios a estos” [12]. Cualquier cosa parece valer con tal de no cuestionar las raíces de un modelo que, estructuralmente, necesita que existan las desigualdades y las diferencias entre clases sociales para poder continuar con su lógica de “acumulación por desposesión”.

RSC y cooperación, condenadas a entenderse

“Las empresas han hecho un ejercicio interesante y responsable. Se han ido creyendo la RSC”, afirma la secretaria de Estado de Cooperación Internacional, y es por eso por lo que “tenemos que asociar al sector privado en nuestras actuaciones” [13]]. Esto es, de hecho, lo que ya venían reclamando las compañías multinacionales hace tiempo: la Fundación Carolina –institución que en sí misma es uno de los ejemplos más “fructíferos” de alianzas públicoprivadas en el Estado español–, por ejemplo, decía cuatro años atrás que “el auge de la Responsabilidad Social Empresarial en España y la voluntad de empresas españolas de incorporarla en su gestión sugiere que la agencia de cooperación podría vincular las iniciativas de RSE en países estratégicos y trabajar conjuntamente con las empresas españolas para lograr objetivos de desarrollo comunes” [14]. Y desde entonces no han dejado de crecer las voces que demandan una mayor participación de las grandes compañías en las directrices de la cooperación.

A principios de 2010, por poner otro ejemplo, la Comisión de Asuntos Iberoamericanos del Senado recomendaba avanzar en el nexo entre la cooperación al desarrollo y el sector privado: “Algunas empresas reclaman una mayor participación en los programas y fondos de la cooperación española. Aluden a la compatibilidad entre los intereses empresariales y los de la cooperación al desarrollo”, decía la comisión en su ponencia final, incidiendo en que se habrían de “crear vínculos entre la RSC y la cooperación al desarrollo de cara al desarrollo de sinergias entre ambos campos”. Y en diferentes estudios académicos se ha llegado a conclusiones parecidas: “La RSC es a las empresas lo que la cooperación internacional para el desarrollo es a los gobiernos. La primera, como estrategia empresarial, y la segunda, como política pública concertada, están destinadas a entenderse”, escribe el director de la Cátedra de Cooperación de la Universidad de Cantabria [15].

Con todo ello, el paradigma de la “empresa responsable” se configura como la llave que está permitiendo abrir, esta vez parece que de forma definitiva, la puerta del mundo de la cooperación a las grandes corporaciones. No es que antes las empresas no participaran en la cooperación al desarrollo: existen instrumentos para la internacionalización de las compañías españolas con cargo a los fondos de cooperación –es el caso de los créditos otorgados en las últimas décadas a través del Fondo de Ayuda al Desarrollo (FAD), recientemente reformado)– hace treinta años. Pero a ellos ahora se le suman otros mecanismos como las alianzas público-privadas, que según el actual Plan Director son “una vía de incentivación del crecimiento económico para la reducción de la pobreza”. Y, además, la AECID ha previsto distintas vías para la financiación de las asociaciones con el sector privado: desde los instrumentos tradicionales –subvenciones a ONGD a través de convenios y proyectos; subvenciones de Estado bilaterales o multilaterales– a otras herramientas innovadoras, como el FONPRODE.

Incluso, se ha abierto por primera vez una línea de financiación especí- fica para la “cooperación empresarial al desarrollo”: “El sector privado empresarial tiene mucho que aportar a la generación de desarrollo tanto a través de la creación de riqueza sostenida e inclusiva y empleo digno como a través de una serie de acciones paralelas, de tipo empresarial o no, que tienen por finalidad la mejora del entorno y del bienestar de las poblaciones », se decía en la convocatoria que salió publicada antes del pasado verano para que se presentaran empresas y fundaciones empresariales. Por cierto, acaba de salir la resolución de esta convocatoria, y uno de los proyectos subvencionados ha sido nada menos que el de la Fundación Repsol YPF en Ecuador [16].

En tiempos de crisis, “coherencia de políticas”

En el marco de la crisis financiera global, la evolución de las prioridades estratégicas de la cooperación al desarrollo se acelera aún con más fuerza. Y es que, en épocas de recesión, si hacemos caso al presidente de La Caixa “la única solución posible para superar la crisis y volver a crear puestos de trabajo es recuperar el crecimiento económico”, y para eso “debemos buscar nuevas fuentes de ingresos”, “diseñar nuevos productos y abrir nuevos mercados” [17]. Para la patronal la consigna está muy clara: hay que extender los negocios de las multinacionales españolas a nuevos segmentos de mercado para así poder continuar aumentando los beneficios de forma sostenida. Y, según la doctrina económica al uso, eso será bueno para nuestro país porque el PIB crecerá y, con ello, mejorarán todos los indicadores socioeconómicos: “La internacionalización de las empresas españolas es clave en la recuperación de la economía”, concluye el secretario de Estado de Comercio Exterior [18]. No parece, en fin, darse por enterado de casos como el de Telefónica, que en el mismo año en que, gracias a sus actividades en el extranjero, ha batido el récord histórico de beneficios obtenidos por las empresas españolas, ha puesto en marcha un ERE que afecta a uno de cada cinco de sus trabajadores en España.

En cualquier caso, alineando las políticas de cooperación con las reformas económicas y los ajustes estructurales, la Dirección General de Planificación y Evaluación de Políticas de Desarrollo (DGPOLDE) ya ha marcado la senda a seguir en los próximos años: en su documento Crecimiento económico y promoción del tejido empresarial (2010) se traza esta estrategia, que “representa una oportunidad para integrar de una manera más activa y protagonista al sector privado en las acciones de cooperación para el desarrollo, poniendo de relieve su papel como actor de desarrollo”. En el mismo sentido, la AECID ha incluido este año entre sus prioridades de atención sectorial la del “crecimiento económico para la reducción de la pobreza”.

“Lo público tiene que saber dar un paso inteligente hacia atrás para que ese espacio lo ocupe lo privado”, proclama Alberto Ruiz-Gallardón. En un contexto en el que se promueven los recortes sociales y se limita el acceso a los recursos públicos, “nos queda, pues, la inversión de capital privado como principal recurso”, dice el presidente de Acciona: “Sentar las bases que incentiven la inversión privada debería ser, por tanto, la siguiente prioridad de los poderes públicos” [19]. “Se trata, desde luego, de medidas y cambios profundos y difíciles, pero absolutamente imprescindibles”, remata el presidente del BBVA, “si lo hacemos así, la crisis acabará convirtiéndose en una gran oportunidad de futuro” [20].

Ya es tiempo que en las ONGD se viene hablando de la necesidad de que, desde los poderes públicos, se asuma la “coherencia de políticas para el desarrollo”: según la AECID, ésta “es el principio por el cual todas las políticas de la acción exterior de un país que afectan a países en desarrollo contribuyen al logro de los objetivos de desarrollo y en ningún caso dificultan el logro de los mismos. En otras palabras, se trata de alinear las iniciativas políticas en distintas áreas (comercio, exterior, defensa, inmigración, etc.) para mejorar sus efectos sobre el desarrollo”. Es decir, que habría que pedir que, en coherencia con lo que sería el significado del “desarrollo humano” y “sostenible”, se priorizasen los derechos humanos frente a los criterios de “los mercados”. Y ello vendría a suponer, sin ir más lejos, que se dejasen de hacer negocios y operaciones comerciales con países o empresas denunciados por sus impactos socioambientales.

Pues bien, esa interpretación puede darse ya por amortizada. Porque, utilizando ese mismo concepto pero dándole la vuelta y poniendo el foco en el fomento del crecimiento, ahora sí que tenemos ante nuestros ojos la verdadera “coherencia de políticas”: integrar a las grandes empresas en el sistema de cooperación para apoyarlas en una expansión global que, a su vez, es lo que traerá el “desarrollo”. Pero, parece obvio preguntárselo, ¿para quién?

Miguel Romero es editor de Viento Sur, y Pedro Ramiro es investigador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.

Este artículo ha sido publicado en el nº 49 de Pueblos – Revista de Información y Debate, especial diciembre 2011.

Fuente: http://www.revistapueblos.org/spip.php?article2315

Nota: ¿América Latina lidera el camino en la creación de Valor Compartido?

¿América Latina lidera el Valor Compartido?  No, yo no escribiría tal cosa. Porque no sería verdad y porque América Latina sabe poco lo que es el VC.

Pero aunque usted no lo crea, es el título de un artículo publicado en los blogs de The Guardian (periódico británico, muy reputado por su cobertura de temas de sostenibilidad) escrito por Dane Smith de la consultora FSG, de Porter y Kamer. Pueden leer el articulo original sobre Valor Compartido en el Harvard Business Review de enero 2011 y la primera de mis cuatro reacciones al artículo durante 2011 en Si no está roto no lo arregles: Porter y Kramer sobre RSE.

No, no tengo obsesión con Proter y Kramer y su VC, pero sí creo que le están haciendo un daño mas que un bien al movimiento de la RSE sobre todo en países donde el esquema no está tan desarrollado como lo está en partes de Europa, Estado Unidos o Canadá, donde por lo menos las grandes empresas pueden entender que es lo mismo que la RSE o Sostenibilidad pero con diferente vestido.

¿Porque le hacen un daño?   Porque cada introducción de lo que parece un concepto nuevo en temas de responsabilidad es un fuerte respaldo a los que alegan que estos temas son una moda. Afortunadamente habíamos superado este gran escollo.  No lo pongamos de nuevo.

Ya se oye: “Lo ves, cambian de idea cada día para estar a la moda, como Zara cambia de modelos cada semana.  ¡No es duradero, es una moda!”  Lo he podido constatar en diferentes foros donde oigo las palabras “Valor Compartido” en quienes quieren mostrar que están al día, pero que no habían entendido RSE ni entienden VC.  Como cuando vas a una fiesta y alguien se pone a hablar de vino y otro dice “es que el Chateau Montchenot es mejor que el Chateau Lafite”, y no los ha probado o solo ha probado una botella de uno de los dos ¡Pero parece un connoisseur!

Mientras la RSE se está consolidando en América Latina, no necesitamos conceptos aparentemente “nuevos” que son inclusive menos prácticos de implementar que el concepto mas amplio de la RSE (próximamente publicaré un artículo comparando la practicidad de ambos puntos de vista)

El artículo lo escribe el autor después de un viaje para promover el VC en México, Brasil y Perú, donde han descubierto la América y han descubierto que en América Latina hay empresas con responsabilidad corporativa, con preocupación por prácticas responsables.  Y quieren montarse en el vagón en marcha y vender consultoría en VC.

¿Su ejemplo estrella de Valor Compartido en América Latina?: Patrimonio Hoy de CEMEX. Sin quitarle ningún mérito a la iniciativa, ésta data del 1998,  13 años antes de la invención del VC y ha venido siendo promovida como parte de la inversión social de CEMEX, como parte de su responsabilidad social, como parte de su sostenibilidad y ahora se la apropian para ilustrar el VC.

No es de extrañar si estamos confundidos.  Hace muchos años esto se llamaba un “gana-gana”, ahora habrá que llamarlo VC.

El ejemplo del Brasil es Native, una empresa que se dedica a la refinación de azúcar y producción de bioetanol (dice que es la mayor del mundo).  La empresa ha promovido la educación entre los cortadores de caña, llegando a poner a algunos a trabajar en los laboratorios.  También ha promovido la Investigación y Desarrollo.  No conozco a la empresa, pero parecen buenas estrategias empresariales, normales en una empresa responsable.

El ejemplo de Perú es Alicorp, una empresa de productos para el consumo como aceite, pasta, harina, etc.  El programa que destacan de VC es en el fortalecimiento de la cadena de valor a través del  entrenamiento de más de siete mil panaderos, que produciendo mejor pan y pastas, consumirán mas harina.

Concluye el artículo diciendo que “Las empresas que no tengan una estrategia de VC se arriesgan a pender grandes oportunidades de negocio y caer en posiciones de desventaja, que serán muy difícil de revertir”.

¿Son estas unas innovaciones que requieren un concepto diferente?

En este mismo contexto, leía el último número de la revista Corporate Citizenship del Center for Corporate Citizenship, CC, del Boston College, que tiene tal lucha por imponer su concepto de CC, que nunca mencionan RSE.  Comenzaba un artículo en la revista con “Al tomar un enfoque de valor compartido en su ciudadanía corporativa”. ¡Es que hay que estar en la moda!

De la misma manera, en todo el artículo que comentamos no se mencionan las palabras sostenibilidad ni responsabilidad social corporativa.  ¿Es que son palabras obscenas o es que no conocen estos conceptos? ¿O no son relevantes?

¡No ayudemos a que nos acusen de promover estrategias frívolas, que pasan de moda!

Antonio Vives es Director de Cumpetere, Profesor consultor de la Universidad de Stanford, ex Gerente de Desarrollo Sostenible del Banco Interamericano de Desarrollo y creador de las Conferencias Interamericanas sobre Responsabilidad Social de la Empresa.

Fuente:http://www.rsevenezuela.com

Nota: La RSE y la evaluación de impacto

Cualquier proceso de desarrollo sostenible necesita la adecuada implementación de proyectos sociales que vienen tanto de la iniciativa pública como privada y con la participación de la población. Estos proyectos deben contemplar dos aspectos principales: el diseño y la evaluación. Por el lado del diseño, los proyectos deben tener objetivos claros y definidos, tanto en términos de población participante en estos como determinados indicadores de interés, llámese nivel de pobreza, ingresos, nutrición, etc., sobre los cuales se quiere tener incidencia en la población seleccionada. Y por otro lado, la evaluación consiste en poder medir la diferencia entre la situación inicial y final de la población objetivo durante el periodo de intervención del proyecto y sobre todo que pueda ser atribuible exclusivamente al mismo. Esta situación inicial y final de la población es medida en términos del valor del indicador cuantificable sobre el cual se buscaba tener incidencia.

En los últimos años desde las políticas públicas se han llevado a cabo esfuerzos importantes para la creación y puesta en marcha de diversos programas sociales, los cuales incorporan el diseño y la evaluación de los mismos. Estos esfuerzos hacen posible conocer los logros que tienen dichos proyectos en cuanto a la calidad de la focalización y a los niveles de incidencia sobre los indicadores objetivo. De esta manera, es posible ajustar –de ser necesario– la estructura del proyecto hasta conseguir los resultados deseados sobre el desarrollo sostenible de la población objetivo. Sin embargo, desde el lado de las empresas privadas estos esfuerzos por el desarrollo de proyectos sociales que provienen de las estrategias de responsabilidad social empresarial (RSE) muchas veces no realizan ni el diseño ni la evaluación adecuada de los proyectos sociales que llevan a cabo, y esto puede responder a una visión de desarrollo que no comprende el concepto de sostenibilidad. También existen empresas privadas que orientan sus proyectos de acuerdo a una visión de desarrollo sostenible, las cuales son contadas excepciones a la regla, aunque esto principalmente responde a la exigencia de la ley.

Así, es necesario que el sector privado desarrolle sus proyectos sociales con una visión de más largo plazo que busque tener efecto sobre los indicadores clave en el desarrollo de la población y además involucre metodologías de evaluación de impacto para poder saber cuál es la incidencia de sus proyectos o programas.

Raphael Saldaña P.- Analista Económico Macroconsult

Fuente: http://gestion.pe

Nota: Inditex, Mercadona y El Corte Inglés, retailers más valorados

El grupo que preside Amancio Ortega, en cuarta posición como estrategia de empresa en el Estudio KAR 2011 de Ipsos

La Caixa, Google, Apple y Mercadona se posicionan como las empresas españolas más preocupadas por la Responsabilidad Social Corporativa (RSC). Por su parte Telefónica, Banco de Santander, BBV y el Grupo Inditex se posicionan en los primeros lugares en estrategia de empresa. Son algunos de los datos de la segunda oleada del estudio Kar 2011 (Key Audience Research)

Analistas, académicos, políticos y periodistas participaron en el pasado mes de noviembre en la segunda oleada del Estudio Kar 2011 que realiza Ipsos primera compañía de investigación de mercado en España basada en encuesta.

RSC.ASIGNATURA PENDIENTE

Casi tres de cada diez periodistas encuestados por IPSOS para la segunda oleada del Estudio KAR 2011 (Key Audience Research) consideran una vez más a La Caixa (CaixaBank) como la empresa más reconocida por sus políticas de Responsabilidad Social Corporativa. Tres puntos por debajo (24%) se sitúan Apple, Google y Mercadona; seguidas de Caja Madrid-Bankia y Telefónica destacadas por un 20% de encuestados. Sin embargo, el estudio manifiesta que la Responsabilidad Social Corporativa continúa siendo la gran olvidada por las empresas españolas, porque la ven como una parte de la “estrategia de marketing”

Los resultados, presentados esta mañana, ofrecen una visión comparada sobre la situación económica española y de sus principales empresas así como anticipar tendencias. En esta ocasión, los participantes han vuelto a situar a La Caixa como la entidad que más se preocupa pòr sus programas en beneficio de la sociedad.

Aun así, la mayoría de los participantes de esta segunda oleada del estudio KAR han vuelto a señalar que los impulsos por promover la responsabilidad social de la empresa ha tenido un impacto mínimo en el modo en que la mayoría opera en el día a día, y diagnostican que debería haber una legislación más amplia y estricta para que las compañías se comportaran de modo más responsable.

Al preguntarles cuáles son los aspectos que inciden en ese “descuido” de la RSC por parte de las empresas, un 20% responde que “la RSC es vista como una estrategia de marketing”. Otros de los motivos esgrimidos por los encuestados son por una débil estrategia de comunicación (17%), porque debido a la crisis ha pasado a un segundo plano (12%), la falta de compromiso de la compañía (11%) o simplemente, porque no resulta rentable (6%).

Norman Kurtis, CEO de Ipsos España considera que una vez más la Responsabilidad Social Corporativa “continúa siendo una asignatura pendiente para el panorama empresarial español “ como muestra la opinión negativa de la mayoría de encuestados que “consideran que las empresas no prestan suficiente atención a esta materia: el 73% de los periodistas, el 72% de los académicos, el 60% de los directivos, el 55% de los políticos y el 48% de los analistas”.

TELEFÓNICA, LA MÁS ESTRATÉGICA

En el apartado de Estrategia de Empresa, uno de cada tres participantes (72 %) en la Encuesta de Ipsos consideran a Telefónica como la compañía más estratégica para la economía española. La compañía presidida por César Alierta supera a las dos entidades financieras que la acompañan en el ranking, Grupo Santander (67%) y BBVA (50%), aunque el conglomerado textil Inditex (50%) comparte esta tercera posición. Tras ellas, se sitúan Repsol (47%) e Iberdrola (41%).

Telefónica vuelve a repetir como la compañía nacional con mayor proyección internacional: el 69% de los encuestados la señalan como la firma española que mayor presencia tiene en todos los continentes, superando al Grupo Santander (57%), a Inditex y al BBVA (53%).

Además, para el 75% de los participantes, los resultados financieros son el factor más relevante a la hora de valorar una empresa, junto con el trato a los empleados (74%) y la calidad de los productos y servicios (73%). Precisamente en este último apartado, es Google la firma cuyos productos y servicios obtienen una mayor valoración por parte de los participantes (67%), que también reconocen la calidad de los productos de El Corte Inglés (56%), Apple (54%) y Mercadona (48%). Google se sitúa además como la firma que goza de una mayor favorabilidad entre los encuestados (62%), seguida por Apple (52%) y Mercadona e Inditex (49%).

Desde el año 2007, el Estudio KAR pulsa la situación económica y mide la Reputación Corporativa de las principales empresas del país, tanto las incluidas en el IBEX 35 como otras representativas de muchos y diversos sectores relevantes para la economía española. Como en ediciones anteriores, esta 2ª oleada del Estudio KAR, en 2011, ha contado con la participación de analistas, políticos, académicos, periodistas y líderes empresariales. En total, más de 250 personas han respondido a la encuesta en esta ocasión

Fuente: http://www.distribucionactualidad.com

La RSC en Amércia Latina (1ª parte)

Acabo de terminar de leer El estado de la responsabilidad social empresarial en América Latina 2011, un informe de 86 páginas elaborado por Red Forum Empresa que describe cualitativamente las percepciones de consumidores y ejecutivos de empresas sobre el estado de la Responsabilidad Social en la región.

Indudablemente, la RSC es una tendencia que toma cada vez más fuerza en América Latina, según dicho informe se ha comprobado un incremento en el número de empresas que elaboran informes de sostenibilidad. Hay una gran diversidad de comprensiones sobre el alcance del tema, pero la responsabilidad de la empresa frente la sociedad es un tema que aparece con frecuencia en el lenguaje de los empresarios y en la agenda de la sociedad. Sin embargo, las iniciativas que promueven el tema son primordialmente voluntarias, y no hay muchos indicios de que las consideraciones sobre la RSC hagan parte de la agenda estratégica de un número significativos de las empresas que operan en América Latina.

Dado que la comprensión moderna de la RSC tiene su origen en Europa y los EEUU, la agenda no incluye aún los temas de interés local. Por ejemplo, el respeto por las comunidades indígenas no tiene la prioridad que en realidad representan en la región. Probablemente, la consolidación de una masa crítica de empresas trabajando en el tema ayude a que las empresas y organizaciones de la región propongan una agenda que refleje el énfasis de las necesidades de  América Latina. Tampoco olvidemos el problema del doble estándar, esto es, la utilización por parte de estas corporaciones (multinacionales) de normas y procedimientos diferentes, de acuerdo al país o región en donde se encuentren operando. Esta práctica de doble estándar es muy común, sobre todo, en el sector textil, igualmente, exigen un post aparte que haré en breve.

Volviendo al tema, personalmente, lo que espero por parte de las empresas de la región, un esfuerzo serio para reconocer sus efectos sobre las personas y sus impactos sobre el medio ambiente, e identificar las acciones necesarias para maximizar las que sean positivas y evitar las negativas. En este proceso será indispensable consultar a sus públicos interesados, establecer relaciones de beneficio mutuo, y cumplir sus compromisos. Y finalmente, espero para este año ver un aumento significativo de los reportes públicos de los impactos sociales, ambientales y económicos de la acción de las empresas, que junto con la información adecuada sobre sus resultados financieros, nos permita seguir y evaluar su desempeño.

Está claro que las empresas que cumplan la ley y se comprometan a manejar adecuadamente sus impactos sobre las personas y el ambiente serían el mejor aporte a la sostenibilidad de las sociedades latinoamericanas, además ayuda a mejorar y fortalecer la reputación y eso significa más ventas, más consumidores.